sábado, 9 de abril de 2016
terça-feira, 20 de outubro de 2015
Sofía Castañón
MUJER CORRE Y SE CRUZA CON LA MUJER QUE SALÍA A CORRER HACE MESES
El ritmo al que vas fragmenta los árboles.
Son verde, corteza, luz
entre las hojas.
Como si alguien trasquilara el metraje
de esta película tuya.
[comparar la vida con el cine
parece pobre para un poema]
¿Quién corre hoy con tu cuerpo?
¿Te pareces al latido de hace unos meses?
¿Han aprendido algo tus músculos?
¿El amor te cambió el espacio
entre las vértebras?
¿Quién corre hoy con tu cuerpo?
Verde, corteza, luz.
¿Qué en ti es carrera interna?
Piedras, ramas, hojas.
Asumes la respiración fragmentada.
Como los árboles.
¿Admitimos que es fragmento también
el idioma con el que se hizo tu nombre?
sexta-feira, 27 de setembro de 2013
Cada escrita a seu tempo.
Quanto releio os textos deste blog, fortalecem minhas suspeitas de que sempre tive um certo deficit de atenção. Se não for isso, me entristece constatar meu pouco cuidado com as palavras que lanço no mundo. Meu Deus, quantos erros! O vinho justifica só em parte, pois nem sempre segui a proposta original de escrever acompanhada de uma taça. Quando me deparo com uma frase mal escrita, um palavra errada, corrijo, às vezes, outras, deixo pra lá, avaliando que alguns textos nem merecem muita atenção mesmo. De qualquer modo, fico pensando: que tanta pressa é essa de dizer se, geralmente, só algum tempo depois, consigo identificar os problemas do texto? Percebo que esses erros não passam ao largo do meu conhecimento da língua, é um questão de refletir um pouco mais ou abrir uma nova aba no computador, coisa que raramente faço. Talvez seja uma coisa normal ao universo do blog, dos textos escritos para a internet, esse inacabamento. Como não segue o mesmo o percurso da criação à publicação da escrita impressa, mais lento e que requer vários olhares e etapas, o texto digital já nasce público, sem paciência de esperar na pasta de rascunho, sob risco de ser esquecido ou de se tornar obsoleto. É como se a escrita não tivesse mais a mesma resistência de outrora, pois perdeu, junto com a materialidade, um pouco do seu poder. Por outro lado, pode ser apenas mais um indício de que escrever literatura não seja um projeto para mim, como pretensiosamente pensei um dia. Sinto que me falta aquilo que deve sobrar no escritor de literatura, o jogo erótico com as palavras. Fazê-las dançar de acordo com suas intenções, com suas determinações, com seu desejo, respeitando os mistérios que guardam. Atormenta-me saber que tem gente que faz isso tão bem e não vê como uma grande coisa. Ou que outros não vejam a grande coisa que um sujeito faz quando escreve literatura. Eu apenas reajo ao mundo com as palavras que me estão mais a mão, que bóiam na superfície da memória. Não pesquiso, não consulto dicionários, nem me demoro à espera da palavra certa. E quando arrisco um vocabulário novo, me arrisco simplesmente. Tudo errado. Um bom escritor jamais trataria assim o seu texto. Um dia - e isso tem a ver com o tempo da Tramadaletra - desejei escrever com a paciência de quem faz renda, entrelaçando ponto a ponto as linhas coloridas de sentido e forma. Se me lembrasse de alguma boa metáfora agora, a usaria para me referir a alguém que sabe o tempo da coisas com as quais lida, que sabe esperar, refazer, planejar. Hoje, reconheço que não sei lidar com o tempo das palavras e talvez isso seja uma consequência de não saber lidar com o tempo e ponto. Tenho uma sensação de que estou sempre além ou aquém do agora, na tentativa de recuperar algo que me escapou antes. Isso atrapalha a boa escrita, pois escrever implica a compreensão de que se é quase nada diante do tempo e que ela seria um truque inventado para aprisioná-lo. Eu já me acostumei demais a ter pressa, não dá mais pra tentar me acertar com a espera das horas. Provavelmente, o único modo de não estar em descompasso com o tempo da escrita seria me deixar levar com resignação. Duvido que consiga. Assim, eu, que não sei deixar a palavras amadurecerem mas que tenho a esperança de saber amadurecer com elas, vou, contraditoriamente, silenciando este blog para me dedicar a outros textos. Pode ser que, vez ou outra, publique uma imagem. Quem sabe. Por enquanto, agradeço aos que estiveram por aqui.
Até.
Giselly
domingo, 9 de junho de 2013
Armando de Freitas Filho
A felicidade pode ser de carne
A felicidade pode ser de carne
de pele apenas - corpo sem cara
nem cabeça, mas com a boca máxima
e muitos braços, peitos, coxa
perna musculosa, clavícula
omoplata, ventre liso esticado
peludo no lugar certo do sexo
e mais o cheiro preciso, exasperado
da axila, virilha, pé
tudo chegando junto, de uma vez
ou aos poucos, esquartejado.
Não conhecia o Armando de Freitas Filho. Ele foi destaque da Folha neste domingo, daí fui ver quem era e encontrei alguns poemas belíssimos.
A felicidade pode ser de carne
de pele apenas - corpo sem cara
nem cabeça, mas com a boca máxima
e muitos braços, peitos, coxa
perna musculosa, clavícula
omoplata, ventre liso esticado
peludo no lugar certo do sexo
e mais o cheiro preciso, exasperado
da axila, virilha, pé
tudo chegando junto, de uma vez
ou aos poucos, esquartejado.
Não conhecia o Armando de Freitas Filho. Ele foi destaque da Folha neste domingo, daí fui ver quem era e encontrei alguns poemas belíssimos.
quarta-feira, 8 de maio de 2013
Altazor (Prefácio) - Vicente Huidobro
Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en
el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
»Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
»Un poema es una cosa que será.
»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
»Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
»Digo siempre adiós, y me quedo.
»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.
Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente.
Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoiris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.
El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.
Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.
Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón jirones de aurora incontestable.
Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.
Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso, como un ombligo.
«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.
»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.
»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo y reconstituido, pero indiscutible.
»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.
»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).
»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca, para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.
»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»
Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.
Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.
Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.
Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:
«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.
»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.
»Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.
»Un poema es una cosa que será.
»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.
»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.
»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.
»Si yo no hiciera al menos una locura por año, me volvería loco.»
Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha me lanzo a la atmósfera del último suspiro.
Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.
Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:
»Mira mis manos: son transparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?
»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.
»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.
»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.
»Digo siempre adiós, y me quedo.
»Ámame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.
»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.
»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.
»Ámame.»
Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.
Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.
Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.
Y heme aquí, solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.
Ah, qué hermoso..., qué hermoso.
Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.
Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.
Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.
De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.
Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.
La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.
Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.
Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.
Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.
Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.
Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.
Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos sin testigo.
El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.
Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.
Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.
El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.
Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.
Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.
Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.
Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.
Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.
La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.
Vamos cayendo, cayendo de nuestro cenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.
Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del cenit al nadir porque ése es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.
Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.
Ah mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.
¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.
Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.
Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.
Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.
¿Qué esperas?
Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.
Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.
terça-feira, 9 de abril de 2013
Listas, literatura e sobressaltos.
Hoje, entrando na Livraria Cultura, corri rápida e despretensiosamente os olhos por sobre a gôndola circular em que se expõem os livros recém-lançados e me deparei, estupefata, com O Livro do Travesseiro de Sei Shônagon. Se algum dos fantasmas que assombram este blog já fuçou todos os seus cômodos, por certo viu que escrevi sobre ele em um dos primeiros posts (Leia aqui) e saberá que é um grande acontecimento encontrar esse livro, dessa maneira.
Trata-se da primeira tradução para o português, realizada pela Editora 34 e, ao que parece, bem séria e caprichada. Este O livro do (e não de) Travesseiro contou com o trabalho de cinco tradutores e traz pequenos textos de uma cortesã e escritora sobre o cotidiano do palácio imperial japonês do séc. X. Finíssima, a coisa.
Sem hesitar, peguei um exemplar, colei-o sobre o peito e andei, um pouco aturdida, alguns metros até encontrar uma cadeira que me permitisse desfrutar com algum conforto desse encontro fortuito com um dos livros dos meus sonhos.
Lá nos idos de 2008, no post a que me referi, explicava que meu interesse pela obra tem a ver com meu gosto por listas, pois muito dos escritos de Sei Shonagon são listas poéticas de coisas que ela qualifica como "belas que seduzem", "constrangedoras", "que provocam inveja" etc. Ainda se leem outros textos breves em que opina sobre fatos, coisas e pessoas, os quais inicia com "Quanto a". Assim, temos textos com títulos como " Quanto a pássaros", "Quanto a montanhas", " Quanto aos tecidos da seda tramada", dentre outros. Esta forma de nomear suas próprias impressões da vida guarda uma delicada beleza, apesar de certa arrogância. O fato é que, não sei precisar por qual dos dois motivos, as tais listas já me arrebatavam antes mesmo da leitura, só pelas notícias que tinha através do livro A lenda de Murasaki e do filme O livro de cabeceira.
Como dizia, procurei uma cadeira em que poderia ler confortavelmente e me sentei. Nesse momento, aconteceu algo muito interessante. Precisamente em frente à minha posição,vi um livro chamado A Vertigem das Listas, de Umberto Eco. Sem acreditar que o tema de tal obra também eram listas, apesar da obviedade do título, abri-o antes mesmo do livro fetiche que tinha nas mãos. Novo encantamento. Umberto Eco faz uma retrospectiva da história da arte e da literatura através de listas escritas e imagéticas, sendo, estas últimas, obras das artes plásticas que cuidam de enumerar coisas através de imagens para, segundo ele, expressar justamente a infinitude daquilo que se está a mostrar. Uma obra igualmente linda e de erudição para mim ainda inalcançável, por isso nem pensei em comprar.
Das tantas listas deliciosas nas quais estive imersa nesta tarde, destaco três que transcrevo abaixo. As primeiras são da Sei Shônagon e a última (apenas fragmentos) de Roland Barthes, extraída do livro de Eco.
Coisas agora inúteis que fazem lembrar seu passado glorioso
Coisas agora inúteis que fazem lembrar seu passado glorioso. Refinado tatame de bordas trabalhadas que já apresenta fios soltos. Biombo com pintura estilo chinês, escurecido e rasgado em algumas partes. Olhos cansados de um pintor idoso. Peruca de dois metros ou mais que ficou avermelhada. Tecido de seda tramada roxo claro avermelhado que acabou desbotando.
Pessoa decrépita que muito apreciava o jogo amoroso. Residência de bom gosto cujas árvores se incendiaram. O lago continua o mesmo, as plantas aquáticas flutuantes se alastraram.
Coisas que são desdenhadas
Coisas que são desdenhadas: muros danificados, pessoas conhecidas por seu coração bom demais.
Roland Barthes por Roland Barthes (1975)
Gosto de: salada, canela, queijo, pimentões, pasta de amêndoas, cheiro de feno cortado (gostaria que um especialista fabricasse tal perfume), rosas [...], os irmãos Marx, o serrano às sete horas da manhã, saindo de Salamanca etc.
Não gosto de: lulus brancos, mulheres de calças, gerânios, morangos, cravos, Miró, tautologias, desenhos animados [...], as cenas, as iniciativas, a fidelidade, a espontaneidade, as noitadas com gente que não conheço etc.
Gosto, não gosto: isso não tem importância alguma para ninguém e, aparentemente, não tem sentido. No entanto, tudo isso quer dizer: meu corpo não é igual ao seu. Assim, nessa espuma anárquica de gostos e desgostos, espécie de picadinho distraído, desenha-se pouco a pouco a figura de um enigma corporal atraindo cumplicidade ou irritação. Aqui começa a intimidação do corpo, que obriga o outro a me suportar liberalmente, a ficar silencioso e cortês diante de gozos ou recusas que não partilha. (Uma mosca me irrita, eu a mato: a gente mata o que nos incomoda. Se eu não tivesse matado a mosca, teria sido por puro liberalismo: sou liberal para não ser assassino.)
Eu, que sou das listas, tento achar alguma poesia nelas. Não me agrada apenas suportar o que, de ordinário da vida, elas refletem. Por isso, esses textos.
Trata-se da primeira tradução para o português, realizada pela Editora 34 e, ao que parece, bem séria e caprichada. Este O livro do (e não de) Travesseiro contou com o trabalho de cinco tradutores e traz pequenos textos de uma cortesã e escritora sobre o cotidiano do palácio imperial japonês do séc. X. Finíssima, a coisa.
Sem hesitar, peguei um exemplar, colei-o sobre o peito e andei, um pouco aturdida, alguns metros até encontrar uma cadeira que me permitisse desfrutar com algum conforto desse encontro fortuito com um dos livros dos meus sonhos.
Lá nos idos de 2008, no post a que me referi, explicava que meu interesse pela obra tem a ver com meu gosto por listas, pois muito dos escritos de Sei Shonagon são listas poéticas de coisas que ela qualifica como "belas que seduzem", "constrangedoras", "que provocam inveja" etc. Ainda se leem outros textos breves em que opina sobre fatos, coisas e pessoas, os quais inicia com "Quanto a". Assim, temos textos com títulos como " Quanto a pássaros", "Quanto a montanhas", " Quanto aos tecidos da seda tramada", dentre outros. Esta forma de nomear suas próprias impressões da vida guarda uma delicada beleza, apesar de certa arrogância. O fato é que, não sei precisar por qual dos dois motivos, as tais listas já me arrebatavam antes mesmo da leitura, só pelas notícias que tinha através do livro A lenda de Murasaki e do filme O livro de cabeceira.
Como dizia, procurei uma cadeira em que poderia ler confortavelmente e me sentei. Nesse momento, aconteceu algo muito interessante. Precisamente em frente à minha posição,vi um livro chamado A Vertigem das Listas, de Umberto Eco. Sem acreditar que o tema de tal obra também eram listas, apesar da obviedade do título, abri-o antes mesmo do livro fetiche que tinha nas mãos. Novo encantamento. Umberto Eco faz uma retrospectiva da história da arte e da literatura através de listas escritas e imagéticas, sendo, estas últimas, obras das artes plásticas que cuidam de enumerar coisas através de imagens para, segundo ele, expressar justamente a infinitude daquilo que se está a mostrar. Uma obra igualmente linda e de erudição para mim ainda inalcançável, por isso nem pensei em comprar.
Das tantas listas deliciosas nas quais estive imersa nesta tarde, destaco três que transcrevo abaixo. As primeiras são da Sei Shônagon e a última (apenas fragmentos) de Roland Barthes, extraída do livro de Eco.
Coisas agora inúteis que fazem lembrar seu passado glorioso
Coisas agora inúteis que fazem lembrar seu passado glorioso. Refinado tatame de bordas trabalhadas que já apresenta fios soltos. Biombo com pintura estilo chinês, escurecido e rasgado em algumas partes. Olhos cansados de um pintor idoso. Peruca de dois metros ou mais que ficou avermelhada. Tecido de seda tramada roxo claro avermelhado que acabou desbotando.
Pessoa decrépita que muito apreciava o jogo amoroso. Residência de bom gosto cujas árvores se incendiaram. O lago continua o mesmo, as plantas aquáticas flutuantes se alastraram.
Coisas que são desdenhadas
Coisas que são desdenhadas: muros danificados, pessoas conhecidas por seu coração bom demais.
***
Roland Barthes por Roland Barthes (1975)
Gosto de: salada, canela, queijo, pimentões, pasta de amêndoas, cheiro de feno cortado (gostaria que um especialista fabricasse tal perfume), rosas [...], os irmãos Marx, o serrano às sete horas da manhã, saindo de Salamanca etc.
Não gosto de: lulus brancos, mulheres de calças, gerânios, morangos, cravos, Miró, tautologias, desenhos animados [...], as cenas, as iniciativas, a fidelidade, a espontaneidade, as noitadas com gente que não conheço etc.
Gosto, não gosto: isso não tem importância alguma para ninguém e, aparentemente, não tem sentido. No entanto, tudo isso quer dizer: meu corpo não é igual ao seu. Assim, nessa espuma anárquica de gostos e desgostos, espécie de picadinho distraído, desenha-se pouco a pouco a figura de um enigma corporal atraindo cumplicidade ou irritação. Aqui começa a intimidação do corpo, que obriga o outro a me suportar liberalmente, a ficar silencioso e cortês diante de gozos ou recusas que não partilha. (Uma mosca me irrita, eu a mato: a gente mata o que nos incomoda. Se eu não tivesse matado a mosca, teria sido por puro liberalismo: sou liberal para não ser assassino.)
Eu, que sou das listas, tento achar alguma poesia nelas. Não me agrada apenas suportar o que, de ordinário da vida, elas refletem. Por isso, esses textos.
domingo, 31 de março de 2013
O salto (ou A queda).
De uma hora para outra
de um segundo para outro
de um centésimo de segundo para outro
O equilibrista decide e salta.
Equilibrou-se por tantos passos
Cada um delicadamente calculado
Cuidadosamente desmedido
Por querer tanto andar
Por sobre
Por entre
Sem medo
Sem chão.
E o equilibrista salta.
Aprecia sua queda
Sua vertiginosa descida
para o
agora.
Era um equilibrista sem depois.
de um segundo para outro
de um centésimo de segundo para outro
O equilibrista decide e salta.
Equilibrou-se por tantos passos
Cada um delicadamente calculado
Cuidadosamente desmedido
Por querer tanto andar
Por sobre
Por entre
Sem medo
Sem chão.
E o equilibrista salta.
Aprecia sua queda
Sua vertiginosa descida
para o
agora.
Era um equilibrista sem depois.
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